¿Quién en su vida no ha sido convocado por su jefe a una reunión y cuando
ha acabado se ha preguntado: “Era necesario perder dos horas para esto”? Son
esas reuniones en las que uno tiene la sensación de pérdida de tiempo, que no
han servido para nada y que están convocadas para satisfacer las necesidades de
quien las convoca. Este suele ser un recurso para maquillar situaciones
complicadas y para hacer ver a sus trabajadores que se está trabajando para
conseguir los objetivos prometidos.
Si cambiamos a jefe por Gobierno, trabajadores por ciudadanos y reunión por
cumbre tenemos lo que sucede en política. Y esta podría ser la sensación que
tienen algunos catalanes con las reiteradas cumbres que celebra el Gobierno de
la Generalitat desde que ganó las elecciones el pasado mes de noviembre.
La última se produjo el lunes pasado. Fue una cumbre para tocar el tema
estrella de la legislatura: el derecho a decidir.
Cuando todo es demasiado previsible
Este tipo de cumbres son anunciadas a bombo y platillo. La puesta en escena
siempre tiene gran solemnidad. El lugar escogido no es casual, en este caso la
Sala Tàpies del Palau de la Generalitat con la bandera catalana presidiendo el
recinto detrás del presidente Artur Mas. Otra coincidencia es que estos
actos institucionales suelen acabar igual que empiezan: sin conclusiones
concretas. Esta no fue una excepción.

